Revista Ya: Los niños invisibles del narcotráfico

El suplemento de El Mercurio, Revista Ya, publicó un reportaje este martes contando la historia de niños y niñas envueltos en el narcotráfico. En el reportaje se entrevista a Francis Valverde, coordinadora ejecutiva de ACHNU, quien apuntó a la carencia de una Ley Integral de Protección de los Derechos de la Infancia para enfrentar el problema de los niños y niñas en conflicto con la justicia: “En los últimos 20 años, Chile ha sido amonestado tres veces por la ONU por no tener esta ley. Esto no es un problema de gobierno, es un problema de Estado”, criticó.

Los niños invisibles del narcotráfico

El caso de C.M, la niña de 13 años detenida en Macul con diez bolsas de droga bajo su falda escolar, dejó al descubierto la realidad de los niños narcotraficantes que son inimputables ante la ley: niños que desde chicos porque ven a sus padres y hermanos, se han familiarizado con el delito. Niños que cuando cumplan 14 años y tengan edad para responder ante la justicia, pasarán a engrosar la cifra de adolescentes internados por drogas en centros del Sename: un número que ha aumentado en 174% en el último año.   

Por Magdalena Andrade N.

Ese día lunes 18 de abril -horas antes de salir de su casa escondiendo bajo su falda escolar, diez bolsas de nylon cargadas con pasta base- C.M. había pasado -como cualquier niña de 13 años- la mañana en el colegio.

-No quiero irme a la casa. No sé por qué, pero algo raro va a pasar -le dijo C.M. a su compañero de banco, momentos antes de que sonara el timbre de salida.

Su profesor jefe, Roberto Romero, escuchó las palabras de C.M., pero no le preguntó nada. Estaba contento. Después de haberla retado varias veces por venir maquillada al colegio -y después de haberla anotado en su hoja escolar- C.M., por fin, había llegado a clases con la cara lavada.

Pero había una razón aún más poderosa del profesor Romero para estar contento por verla: C.M. había ido a clases. Entre el 22 de marzo -día en que llegó al octavo básico del Liceo Particular Número 1 de Ñuñoa- y ese día, el lunes 18 de abril, el libro de curso registraba sólo nueve asistencias.

-Yo creo que ella presentía lo que le iba a pasar. Pero nosotros nunca supimos nada -dice ahora el profesor Romero.

Pasadas las seis y media de la tarde de ese lunes 18 de abril, el 133 de Carabineros recibió una denuncia anónima: en la esquina de las calles Brown Sur y Acopujo, en la población Santa Julia de la comuna de Macul, tres mujeres -dos mayores de edad y una escolar con un uniforme- estaban vendiendo droga.

En cuanto el sistema recibió la llamada, una patrulla de la 46ª Comisaría de Macul fue al lugar indicado en la denuncia. Ahí estaban Hilda Palomino González, una mujer de 39 años, y su sobrina, Karen Mancilla González, de 22.

Y ahí estaba -con uniforme escolar- C.M.

-¿Estás embarazada? -le preguntó la subteniente Fernández, cabeza del operativo. Tenía sus ojos fijos en la falda de C.M., que vislumbraba un pequeño bulto en la zona de la pretina.

-No -respondió la niña.

Cuando la carabinera le levantó la falda, encontró la razón del bulto: diez bolsas de sándwich transparentes, “contenedoras de un polvo color beige”, como las describe el parte policial y se ven en las fotografías que acompañan en el informe.

Allí, también, consigna que Hilda Palomino sacó desde su sostén una bolsa más, y la entregó en forma voluntaria a los carabineros.

Las tres -Hilda, Karen y C.M.- fueron detenidas. Hilda y Karen, llevadas a un calabozo para luego ser trasladadas al Centro de Justicia y ser formalizadas. C.M. fue trasladada aparte: a sus 13 años, por ley, es una menor de edad inimputable ante la justicia y considerada no una victimaria, sino una víctima de su hermana y de su tía.

-Cuando llegó a la comisaría, la niña se mantuvo siempre muy tranquila. De inmediato adujo que no tenía ninguna responsabilidad penal porque era menor de edad. No estaba asustada. Veía esto como un trámite -recuerda el mayor Eugenio Molt, jefe de la 46ª Comisaría de Macul, quien como parte del procedimiento interrogó a C.M.: una niña delgada, de pelo largo y castaño, y una chasquilla tupida que le caía sobre los ojos.

En la misma comisaría, a los paquetes que traía bajo su falda se les hizo una prueba de campo, para saber si contenían droga. El resultado arrojó que contenían pasta base: 261 gramos, que alcanzaban para unas mil trescientas dosis.

Luego de conversar con el mayor Molt, los carabineros debieron trasladar a C.M. al Tribunal de Familia para que la justicia determinara qué debía hacerse con ella: su padre está preso por narcotráfico en Santiago Uno, y su madre, interna por el mismo delito en el Centro Penitenciario Femenino. Y ahora, su tía Hilda -su tutora- y su hermana, también habían sido detenidas.

Pero C.M. estaba tranquila. Lo único que la inquietó -recuerda el mayor Molt- fueron las cámaras de televisión que llegaron a grabar el hecho.

-Decía: qué bacán, voy a salir en la tele. Eso me hizo pensar en algo. Esta niña podía saberse toda la ley de memoria y no estar nerviosa por lo que pasó. Pero ante todo, era eso: sólo una niña de 13 años.

Salvo que tengan connotación pública, los casos de niños como C.M., involucrados por su familia en el negocio del narcotráfico, forman parte de una gran cifra negra y aún muy difícil de pesquisar en Chile. Aunque tres días después de la detención de C.M., otro niño de 11 años y en tercero básico, esta vez en Valparaíso, fue sorprendido en su colegio con doce papelillos de marihuana en su mochila. Cuando la policía llegó a su casa, se encontró con una fábrica de pasta base. Su madre y su padrastro fueron detenidos, y el niño, derivado a un centro del Sename.

A nivel de estadística oficial, según cifras del Sename, los menores de entre 14 y 17 años ingresados por tráfico de drogas a los centros de este organismo han aumentado en un 174 por ciento en el último año. Por su edad, estos adolescentes deben responder ante la justicia por sus delitos. Sin embargo, un niño menor de 14 años, inimputable ante la ley, debe ser devuelto a su casa y puesto en un programa de rehabilitación que lo ayude a él y su familia.

-Estos niños son víctimas de los adultos, es decir, de sus propias familias, donde no hay normas, donde no hay una estructura básica ético-moral. Son padres que llevan a sus hijos a la deserción escolar, porque al ser inimputables legalmente pueden ser usados como traficantes. Esta idea se la transfieren al niño: no te preocupes, que no te va a pasar nada -explica la asistente social Edith Martino, directora de la casa de acogida de la Fundación Paternitas, quien trabaja en la inserción social de hijos de delincuentes.

Llegar a intervenir a un niño menor de 14 años cuando ya ha cometido un delito, es llegar atrasados, dicen los especialistas. Ellos, en su mayoría hijos o miembros de familias de narcotraficantes, deberían ser intervenidos por programas especiales, antes de llegar a convertirse en delincuentes. Pero el gran problema es que estos son niños invisibles en todas partes: en sus poblaciones, en el colegio, en el consultorio, en las calles, ya que no ocasionan mayores problemas. Hasta que los detienen.

-Este es un tema muy invisibilizado: nadie llega a denunciar a una familia de narcotraficantes por ocupar a sus hijos. Es cuando salimos a terreno, a las poblaciones, que se acercan los vecinos y nos comentan. Pero no lo hacen porque les tienen miedo a las represalias, porque viven ahí mismo. Por eso, uno de nuestros trabajos es sensibilizar acerca de que pueden hacer denuncias anónimas -explica Paul Vivanco, psicólogo de la OPD (Oficina de Protección de Derechos de la Infancia) de la Municipalidad de Macul, organismo que debió investigar sobre la vida de C.M., luego de ser detenida por los Carabineros.

Luego de comprobar que no existía ningún adulto que pudiera hacerse responsable de ella, el Tribunal de Familia determinó que ese mismo lunes 18 de abril, luego de ser detenida, C.M. fuera trasladada al Centro de Reparación Pudahuel del Servicio Nacional de Menores (Sename), que trabaja con menores de edad que han sufrido abuso sexual, trabajo infantil o que, como C.M., han sido sorprendidos cometiendo un delito, pero no tienen la edad suficiente para responder ante la ley.

Allí la recibió su coordinador, Domingo Castillo. Luego de conversar con ella, se dio cuenta de que C.M. respondía al perfil típico de un niño usado por su familia para traficar: tienen una alta lealtad hacia ésta, y no sienten que lo que están haciendo es malo, sino sólo parte de un trabajo.

-Estos chicos no se visualizan siendo parte de la estrategia de una familia o como víctima de explotación, a pesar de que involucrar a un niño en narcotráfico está considerada una de las peores formas de trabajo infantil. Tampoco se sienten vulnerados en sus derechos. Están insertados en clanes, en familias enteras, en redes dentro de un territorio. Y ahí, ellos tienen roles: comienzan como burreros (cargadores de droga); después se convierten en quienes articulan microrredes. Luego, se encargan de la seguridad: empiezan a reclutar soldados, niños como ellos que, como son inimputables ante la ley, no tienen responsabilidad. Si algún día se rebajase la ley de responsabilidad penal a 10 años, no sería raro, entonces, que empezaran a ocupar niños de ocho o nueve años.

Por lo general, estos niños, explica Domingo Castillo, no son consumidores. Por eso no llaman la atención en el colegio, ni tampoco presentan enfermedades o deterioro físico que puedan dar una voz de alerta. Salvo si dentro de esta cadena ocupan el puesto de soldado. Ahí, por lo general, su trabajo de vigilar el territorio donde se comercializa la droga, se paga precisamente con droga. Y, además, también se los droga cuando deben hacer turnos de noche, durante los fines de semana, para que no se queden dormidos.

La capitana de Carabineros Mónica Herrera, miembro del OS-7, trabaja habitualmente en allanamientos a casas donde encuentra menores de edad. Pero esos son sólo una parte de la cifra negra. La otra, dice, la conforman los casos que encuentra en colegios de todos los estratos sociales, a los que va con su equipo a dar charlas de prevención de consumo de droga.

-A veces se nos acercan niños y nos dicen: mi mamá vende. Yo lo sé, y a veces yo la ayudo. Algunos lo cuentan como una choreza, pero nosotros nos damos cuenta de que están diciendo la verdad por las palabras que utilizan. Saben lo que es un allanamiento, saben las técnicas que se utilizan para procesar droga. Hay algunos que dicen: no, tía, ésa no es marihuana. Son niños de ocho, nueve años -dice la carabinera.

Qué hacer con estos niños es una pregunta recurrente en la mente de la capitana Mónica Herrera, quien trabajó varios años en un hogar de menores en Iquique, donde el 90 por ciento de los niños eran hijo de narcotraficantes. Por lo general, estos son niños solos, pues toda su familia está involucrada en el negocio.

-Si no tienen a ningún adulto significativo ¿con quién se trabaja, entonces, para salvar a ese niño?

-Para el sistema de justicia chileno, el último camino para un niño debe ser terminar en un hogar del Sename. Antes, se agotan todas las instancias posibles para que no sea separado de su familia: una tía, un padrino, una abuela. Si no se encuentra a nadie, el tribunal dicta una medida de protección a favor de ese niño para separarlo de su familia, explica el psicólogo Paul Vivanco, de la OPD de Macul.

En el caso de C.M., como no se encontró ningún familiar que pudiera hacerse cargo de ella -en libertad tiene sólo a su abuela y a tres hermanos mayores, uno de ellos con ficha en el Sename por hurto-, el tribunal decidió que llegara al Centro Pudahuel.

Pero nadie -ni el colegio, ni el consultorio, ni la municipalidad- se dio cuenta antes de que C.M. estaba en problemas. Aun cuando presentaba pésima asistencia al colegio, uno de los primeros indicios de que desertará para dedicarse a ayudar a la familia, dicen los especialistas.

-Yo nunca supe que sus padres estaban presos -dice su profesor, Roberto Romero-. Sabíamos que su tía era su apoderada, pero sólo después de que la detuvieron supimos que sus papás estaban en la cárcel.

C.M., recuerda su profesor, no tenía buenas notas. Además de la anotación en el libro por venir pintada a clases, en los nueve días que fue a clases tuvo una segunda por no poner atención en clases. Pero Roberto estaba seguro de que la niña tenía interés por aprender y expectativas por salir adelante. De hecho, una de las razones por las que se había cambiado desde el colegio Manuel Rojas -que le quedaba a media cuadra de la casa- a éste, que queda en Ñuñoa, era para poder acceder a una mejor educación.

-Si alguien decide que ella debe volver a estudiar aquí, tiene las puertas abiertas, porque su matrícula no ha sido cancelada. Nosotros buscaremos cómo lograr hacer de ella, una niña de bien.

Diecisiete días duró C.M. internada en el centro Pudahuel del Sename. Durante ese tiempo, su caso fue abordado por un psicólogo y un asistente social, que comenzaron a trabajar con ella en un plan que contemplaba construir vínculos con ella, devolverla al colegio y, si era necesario, tenerla allí todo el tiempo que fuera posible para alejarla del ambiente de las drogas.

Sin embargo, el pasado 5 de mayo, C.M. se escapó por uno de los muros del lugar. Oficialmente, hoy se encuentra con una orden de búsqueda por parte de Carabineros.

En su casa de la población Santa Julia -una construcción de madera de un piso, con los vidrios rotos, y escombros que rebasan el patio- parece no haber nadie. En los últimos días, dicen los vecinos, no han visto mayor movimiento, por lo que creen que la niña puede estar con una abuela que vive a unas pocas cuadras de su casa.

Para Domingo Castillo, el coordinador del centro que atendía a C., era esperable que quisiera irse. Como lo hacen muchos de los niños que llegan ahí: se sienten traídos contra su voluntad, como presos, ya que son alejados de su familia y de su ambiente.

-Que ella estuviera aquí fue una medida tomada por adultos, ejecutada por adultos y desarrollada por adultos. Y ellos desconfían de los adultos por cómo se han desarrollado por ellos. Esta niña, por ejemplo, estaba insertada en un sistema, tenía una familia e iba al colegio, pero desde chica tuvo vínculos familiares tergiversados. Ella veía que le entregaban cariño y protección, pero a cambio de un trabajo. Los niños son utilizados, y, en ese contexto, ella quiere volver a su casa porque se siente útil allí, parte de la organización. La idea de reparar su daño es que deje de sentir eso, terminar con ese proceso.

En el hogar donde estaba C. hoy hay 102 niños, entre los 12 y los 17 años. De ellos, 40 han logrado insertarse en el colegio. El resto está en proceso. Otra cifra indeterminada está en un proceso de entrar-escaparse-entrar. Casos parecidos a los de Cristóbal -el Cisarro-, el Loquín o tantos otros niños que se han hecho conocidos por tener un prontuario enorme, sin siquiera tener la edad para responder por un delito.

-¿Qué hacemos con estos niños? -se pregunta Francis Valverde, directora de la Asociación Chilena Pro Naciones Unidas (ACHNU), que trabaja con niños como C.

-¿Qué podemos hacer con estos niños que son altamente vulnerables? Siguen así hasta que cometen una infracción. Entonces la gente dice: qué terrible, si no parece niño. Yo me pregunto: ¿no se parece al niño ideal que tenemos en casa?, ¿no se parece al 70% de niños de este país? Afortunadamente, Chile tiene una tasa baja aún de niños que infringen la ley, porque no sé cómo sería el panorama si fueran más. Hoy, el panorama es así: esta niña de 13 años sabe que cuando cumpla 14 la van a meter presa. Que no hay justicia para ella. Y si su familia está en la cárcel, lo más probable es que ella esté en la calle, el 90 por ciento del tiempo.

El problema de hoy en Chile, dice Francis Valverde, es que no existe una ley de protección de derechos de la infancia que permita a las instituciones intervenir antes de que los niños cometan delitos.

-En los últimos 20 años, Chile ha sido amonestado tres veces por la ONU por no tener esta ley. Esto no es un problema de gobierno, es un problema de Estado.

-La ausencia de una ley general de protección importa, porque incide en el cabal desarrollo de una política de la infancia y en la ejecución de políticas públicas en la materia. El Mideplan ya está trabajando en una propuesta de ley en la materia -responde Rolando Melo, director del Sename.

La Corporación Opción, que trabaja en colaboración con el Sename, ha desarrollado en ocho regiones del país un Programa de Intervención Especializada (PIE) para niños con problemas complejos, como C.M., y que requieren de un apoyo especial de largo plazo. De hecho, el tribunal que está viendo el caso de C.M., determinó que la niña se incorpore a uno de ellos.

En la Corporación Opción dicen que, pese a que la niña se encuentra con orden de búsqueda por Carabineros, ya se inició la etapa de diagnóstico de su caso para incorporarla, seguirla y tratar de ayudarla a pesar de que toda su familia esté en la cárcel. Su coordinador de proyectos, Alejandro Astorga, cuenta que en los años que llevan poniendo en práctica este programa, han conseguido que los niños que los siguen, superen en un 50 por ciento los problemas que los aquejan.

-El tema más dramático de intervenir a niños inimputables es que estamos hablando de una intervención que es bio-psico-social. Es decir, que necesita trabajarse en una red de colegios, consultorios, médicos y psiquiatras. Y lo que más hace falta en Chile es, precisamente, horas de psiquiatra infanto-juvenil en consultorios colegios que no los estigmaticen. Cupos de desintoxicación en centros para niños adictos a las drogas. Sólo contamos con seis plazas por región, para muchos más candidatos.

En la Corporación Opción, lo que esperan es trabajar con C.M. por un plazo entre un año y medio y dos años, en los que intentarán buscar una figura que reemplace a la de sus padres; la ayudarán en reintegrarse al colegio y a insertarse en el sistema.

Eso, si C.M. aparece.

 

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3 comentarios para “Revista Ya: Los niños invisibles del narcotráfico”

  • po que sen eso si eso los mata

  • eso por que si los propios tios son los que se encargan de cuidar alos propios niños los quiero como la primera vez ellos supieron cuidarme i balorarme gracias queriodos tios por lo bueno que fueron con migo yo me llamo cristopher guiñez y lo unico que quiero es poder que ese hogar que todos dicen que es malo no en berdad ese cariño que me daron los meses que estube alli ese fue un cariño emosional y cultural i quien lea esto que sepan que ese hogar es una cadena de proteccion saludable
    bueno se despide att
    cristopher andres guiñez yañez

  • maggyfreire:

    El psicologo Paul Vivanco atendio a mi nieta que presentaba los mismos sintomas de las niñitas del jardin de vitacura sin embargo se mostro indolente ante los problemas de la niña sedio al chantaje de la madre los derechos de la niña fueron vulnerados la fiscalia tan indolente cerro el caso hoy la niña es torturada encerrada y castigada excusa corregir su conducta ¿ quien se preocupa de los derechos de los niños y que hace la justicia una niña de 6 años sufre torturas psicologicas y como la madre es psicoloca ademas tiene un cargo inportante un doble perfil es perito forence la psicologa de la fiscalia sur que la atendio no hizo nada a pesar que la niña relato todo su sufrimiento la ayudante de la fiscal Cynthia tapia me insulto por no presentar certificado de lesiones la madre es demasiado inteligente para dejar lesiones la fiscal Maryory Carrillo no se molesto en investigar los antecedentes no se molestaron en pedir informe al colegio .

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