Educación y responsabilidad en el consumo por parte de niños y niñas

Tomando en cuenta la relevancia que hoy tienen los niños y niñas en el consumo familiar y el uso que ellos hacen de la tecnología, junto con la indiscriminada publicidad comercial dirigida hacia el segmento, se debe fomentar el consumo responsable en ellos y ellas y educarlos en las consecuencias que éste tiene. Esto es lo que sugiere Guido Romo, director de estudios de mercado y opinión pública de Gemines y asesor de ACHNU en el área de Responsabilidad Social Empresarial, en la columna que publicamos a continuación.
Consumidores del futuro
Por Guido Romo (@GuidoRomo)
Son, para nuestra envidia, nativos digitales. Muchos no poseen mayores estudios (algunos apenas superan los niveles básicos). La mayoría no pueden valerse por sí mismos. Para efectos de políticas públicas, son apenas un grupo etario con determinadas necesidades. Sin embargo, ejercen una influencia que muchos grandes empresarios o dirigentes políticos del mundo ya quisieran. Deciden o influyen sobre negocios de millones y millones de dólares. Estos poderosos personajes son los niños, los consumidores del futuro que tienen cada vez mayor importancia en los planes comunicacionales y de búsqueda o generación de mercados. Se quieren saber más cosas sobre ellos, por lo que se realizan continuamente estudios sobre su conducta y su comportamiento como consumidores.
A modo de ejemplo, un estudio internacional sobre las tendencias y los gustos de los más pequeños (“The new generation”, realizado con niños de cuatro a doce años de siete países europeos: España, Alemania, Inglaterra, Holanda, Francia, Portugal e Italia) señala que alrededor de 60 % de las compras familiares son para los niños y niñas y que éstos acceden cada vez antes a las nuevas tecnologías.
Entre los aspectos que revela este estudio (muchos de ellos quizás ya conocidos), uno es particularmente preocupante: los niños y niñas actuales, es decir, la sociedad del mañana, son superconsumidores actuales. En este contexto, lo que está claro es que hay situaciones que han pasado a ser normales, como por ejemplo que los niños tengan de todo a edades cada vez más tempranas (y la tecnología es el más claro ejemplo de ello), que no tengan referentes y patrones de conducta claros y válidos para responsabilizarse por lo que tienen, que no acepten un no por respuesta y esperen todo de unos padres sin fuerzas para guiarlos en el camino de un consumo responsable, de un consumo consciente.
Esta situación, según los mismos expertos que han realizado el estudio, no es un problema de los propios niños, por cierto, ni de sus padres. Señalan que es la propia sociedad, en su conjunto, la que genera y crea los estereotipos del consumo. Los niños son un reflejo, más o menos cercano, de los adultos con los que viven y a los que ven. Consumir es una actividad más, una actividad importante, casi un modo de ser y estar en nuestra sociedad. Desde este punto de vista, parece insoslayable reflexionar sobre el tipo de consumidor que estamos formando, ya que el futuro de la sociedad dependerá radicalmente de la visión que sus integrantes tengan respecto de sus propias actitudes y comportamientos sobre el consumo.
Los mismos investigadores del estudio citado concluyen que se deben fabricar juguetes que “ayuden a los niños a mejorar su calidad de vida, a estar más activos, más saludables y relajados […] juguetes que los diviertan, pero que a la vez les permitan mejorar su autoestima y concienciarse con el entorno”.
Mucho se ha hablado de la necesidad de inculcar la responsabilidad en el consumo; nos parece que, además y centralmente, se trata de generar un consumidor consciente de sí mismo en tanto consumidor. La conciencia respecto de que consumir no es malo, ya que el consumo es la base del funcionamiento de la economía; no obstante, entender también que cada acto de consumo tiene implicancias en un no-consumo de otra categoría quizás más importante o necesaria; que el plazo en que se cancele un consumo actual, generará además un costo que impedirá otros consumos futuros; que las consecuencias de consumir alimentos no sanos, pueden generar costos futuros que impedirán la satisfacción de otras necesidades; que los daños al medio ambiente de determinados procesos de producción, generan costos futuros que deberá pagar el consumidor imprudente de hoy.
Esto es consumo responsable. No se trata sólo de austeridad, sino de un “darse cuenta” de las implicaciones de nuestro consumo.
Intentemos, apoyándonos en todo lo nuevo que se inventa y desarrolla, educar a los más pequeños en el uso responsable de lo que se tiene, en el consumo responsable, en la asertividad, en la reflexión adecuada para cada circunstancia y edad, en el valor de las cosas, en las consecuencias de nuestro propio modo de vivir (y de consumir), en la importancia de respetar tiempos y procesos, en el valor del esfuerzo, en la conciencia y el compromiso con el entorno, en especial con los que menos tienen. Sería ideal que consigamos educarnos y educar para pasar del “consumir para ser normal” al “ser normal para poder consumir con responsabilidad y conciencia”.
Para ello habrá que internalizar al consumo en su justa medida, no eliminarlo, ni demonizarlo, pero sí relativizarlo y ponerlo al servicio de las personas y no las personas a su servicio.
En definitiva, la educación en el consumo ayudará a educar a los más pequeños en valores como el beneficio de compartir, el reparto igualitario, el concepto de ahorro, la contención ante los deseos, la capacidad de escucharse a uno mismo y reflexionar sobre sus acciones, porque consumir es una actividad ineludible para vivir, pero no se vive para consumir.















